La atención: un insumo imprescindible para el desempeño de las funciones ejecutivas del cerebro y el neuroliderazgo

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Durante los últimos años, los avances en el estudio interdisciplinario del cerebro han permitido una comprensión mucho más precisa de los mecanismos de atención y de cómo este “insumo” nos ayuda a fortalecer el neuroliderazgo.

En ese sentido, Néstor Braidot, especialista en neurociencias aplicadas al desarrollo de organizaciones y personas, nos explica a través de las funciones ejecutivas del cerebro qué es el neuroliderazgo  y cómo este interviene de manera directa en nuestro crecimiento profesional.

“Los nuevos descubrimientos son de enorme aplicación para las personas interesadas en desarrollar sus capacidades cerebrales debido a que se trata de un conjunto de mecanismos que son cruciales para el correcto desempeño de las funciones ejecutivas del cerebro”, apuntó el experto en neurociencias, Néstor Braidot.

Por ello, y antes de abordar el tema de la atención y sus diferentes tipos, comenzaremos por interiorizarnos sobre estas funciones: qué son las funciones ejecutivas del cerebro y para qué las utilizamos.

¿Qué son las funciones ejecutivas del cerebro?

Las funciones ejecutivas constituyen uno de los pilares fundamentales del desempeño de una persona en todos los ámbitos de la vida, no solo en aquellos donde se le exige productividad, como ocurre en el mundo del trabajo, sino también en la vida social y afectiva.

“Por ejemplo, cada vez que usted prepara su agenda, está utilizando sus funciones ejecutivas, lo mismo ocurre cuando se concentra en un tema, cuando razona, cuando estudia, cuando toma una decisión, cuando emite una opinión, cuando se relaciona con sus vecinos, cuando va a comprar un regalo. En todas las actividades que normalmente definimos como intelectuales, afectivas y sociales están presentes las funciones ejecutivas”, resalta el también catedrático.

Dado que son esenciales para resolver problemas, su funcionamiento suele estar asociado a la inteligencia, fundamentalmente, a la que se necesita para establecer rápidamente las relaciones entre los hechos, comprenderlos y tomar decisiones acertadas. Sin embargo, las funciones ejecutivas tienen una participación clave en aspectos como la autonomía, el libre pensamiento, la motivación y las emociones.

Y aunque parezca complicado o demasiado abarcativo, no lo es. Por eso, Braidot describe que “las funciones ejecutivas son un conjunto de destrezas relacionadas con la planeación, la formación de conceptos, el pensamiento abstracto, la toma de decisiones, la flexibilidad cognitiva, el uso de la realimentación, la organización temporal de eventos, la inteligencia general o fluida, el monitoreo de las acciones y, especialmente, el ajuste entre el conocimiento de las normas sociales y su cumplimiento contextual”.

“Esto es lo que permite a una persona elaborar un plan y guiar sus pensamientos y acciones hacia las metas”, recalcó el autor de más de veinte obras sobre neuroliderazgo.

De igual forma, Néstor Braidot insistió en que “estas funciones dependen de habilidades que son sumamente importantes para el pensamiento y la toma de decisiones y también están plenamente ligadas a la construcción de relaciones sociales y afectivas que están controladas por este sistema, que interviene en todo lo que hacemos minuto a minuto, segundo a segundo”.

El investigador puso como ejemplo la rutina diaria desde que suena el despertador y comienza el día. “Hay una secuencia de pensamientos y acciones, como ducharse, vestirse, desayunar, leer el diario, tomar el metro y dirigirse hacia un lugar determinado que requieren de un correcto funcionamiento de estas funciones, aunque se trate de comportamientos rutinarios”.

Dado que son esenciales para resolver problemas, su funcionamiento suele estar asociado a la inteligencia, fundamentalmente, a la que se necesita para establecer rápidamente las relaciones entre los hechos, comprenderlos y tomar decisiones acertadas.

Si hay fallas o deficiencias, pueden producirse problemas como los que se describen en el cuadro siguiente:

Síntomas que pueden revelar un mal desempeño de las funciones ejecutivas

  • Distracción, dificultades para focalizar la atención y concentrarse.
  • Dispersión: inconvenientes para iniciar y finalizar una tarea.
  • Fallas de memoria.
  • Inconvenientes en la formulación de metas, planificación y ejecución.
  • Impulsividad.
  • Carencias en la construcción de relaciones afectivas y sociales.
  • Dificultades para manejar secuencias de información.
  • Poca habilidad para establecer el orden temporal y organizar el tiempo.
  • Reducción de la fluidez verbal.
  • Comportamientos que provocan rechazo social debido a fallas en el control de los impulsos.

“Quisiera destacar que, aun cuando intervienen en la vida afectiva, las funciones ejecutivas se consideran cognitivas por excelencia, ya que desempeñan una especie de liderazgo”, reiteró Braidot.

Por ejemplo, para comentar que se ha comprado un barco, usted debe tener habilidad lingüística para elaborar su relato, memoria para recordar la marca, el color y sus características técnicas, capacidad visuoespacial para orientarse y conducirlo sin naufragar, etc.

“Si su cerebro no contara con una función que coordine y controle a las otras, difícilmente podría orientar su comportamiento hacia una meta”, dijo el experto.

Asimismo, Néstor Braidot advirtió “que cuando las funciones ejecutivas se alteran debido a una lesión provocada por un daño físico o una enfermedad, la persona afectada tiene dificultades en su vida cotidiana debido a que no puede prestar atención y concentrarse, su comportamiento pasa a ser errático, incluso puede cambiar su personalidad, normalmente se vuelve irascible”.

Los malos hábitos también pueden afectar el desempeño de las funciones ejecutivas, por ejemplo, dormir mal y poco, eludir la actividad física, darle rienda suelta al sobrepeso,  consumir drogas y alcohol, vivir estresado y no hacer nada para evitarlo.

Anatómicamente, estas funciones dependen de los lóbulos frontales, que ocupan un tercio de la corteza cerebral y son fundamentales para planificar acciones, regularlas, cambiarlas e inhibirlas.

Como resultado del trabajo de estos lóbulos y de sus extensas conexiones con otras zonas, entre las cuales se encuentran  el núcleo amigdalino, el diencéfalo y el cerebelo, se constituyen las imágenes que forman los pensamientos y permiten monitorear la información que guía la conducta.